Siguiendo la campaña de Antanas Mockus y Sergio Fajardo para la presidencia de Colombia, 2010.

Días en que revisamos los periódicos 8 o 10 veces al día para leer y coleccionar cada noticia, para analizar todos los comentarios; días en que compartimos el video con la última composición o la última visita a las ciudades, o que repetimos los anteriores sin nunca cansarnos; días en que prendimos la W o Caracol a las 6 para escuchar la última declaración y comentarla; días en que no soltamos el facebook para ver qué cosas insólitas nos compartían nuestros anónimos amigos de campaña; días en que escribimos, comentamos o reenviamos mensajes para canalizar este exceso de entusiasmo o de desconcierto; días en que no nos aguatamos las ganas de discutir con la abuela, el taxista o quien cayera en nuestras manos; días en que nos reunimos a ver los debates como si se trata de la final del mundial de fútbol al que nunca clasificamos.

Días que habrán sido por lo pronto nuestra experiencia política más intensa, días en los que nos enviciamos con la utopía y no quisimos soltarla o, tal vez, días que fueron un prefacio al momento en que repentinamente tuvimos que enfrentarnos al aterrador reto de realizarla.

Días de verde.

(La imagen de "enderecemos esta vaina", es de Esteban Ucrós, y el Mockus de fondo es de Diego Contreras)

 

Más que palabras - Paula Zuluaga

La emotividad de estas elecciones ha llegado a exasperarme, hasta el punto de que llevo muchos días escribiendo líneas, frases por ahí… Facebook se ha vuelto un medio de intercambio de opiniones necesario para no ahogarse con tanto dolor de patria.

Desde antes de la primera vuelta las relaciones del Partido Verde y el Polo me han intrigado y han ocupado significativos espacios de mis días de verde. ¿Por qué el Polo se empeñaba en hacer ver a Antanas como un neoliberal? ¿Por qué no entendían que un gobierno legal, que no estigmatice, no chuce, no persiga, no hostigue, es su mejor oportunidad para construir una fuerza más grande y tener opciones reales para llegar a la Presidencia? Luego vino una bajada en la montaña rusa de las elecciones: las declaraciones de Antanas. ¿Cómo permitir, si quiera por descuido, la interpretación de que la izquierda democrática justifica la violencia?, ¿por qué no reconocer y darle su justo lugar a la inmensa, horrible y sobre todo injusta inequidad de este país?, ¿por qué no rectificar? Este episodio significó la reafirmación, a tiempo, de que afortunadamente no hay ningún líder que pueda recoger las opiniones de todos y cada uno y que aún así, hay que escoger. Hay que comprometerse.

Sí, tengo claro que una cercanía con el Polo implicaba perder muchos votos de derecha. Sí, lo sigo teniendo claro. Aún así creo que no es posible quedarse quieto cuando las fuerzas tradicionales del país se unen en un nuevo Frente Nacional: el Partido de la U, el Partido Conservador y la hasta ahora valiente oposición del partido liberal (valiente porque siendo un partido de maquinaria se atrevió a distanciarse de la fuente burocrática).

Ya lo había dicho Semana el 15 de abril: “Partidos como Cambio Radical, el Partido Conservador e incluso el Partido Liberal (que desde hace 12 años no está en el poder) no descartan las alianzas de cara a una muy probable segunda vuelta. La probabilidad de una gran alianza y de que el próximo gobierno sea de coalición es cada vez más latente. ‘Estamos retornando a la tradición política de Colombia’, sentenció Carlos Guzmán, politólogo de la Universidad del Norte. ‘Los partidos siempre han tenido distintas divisiones internas: galanistas, lopistas, lleristas, laurenistas… pero en tiempos de crisis son cooptados por el oficialismo’, explicó” (y la negrita es de Semana).

Algo en mí tembló cuando lo leí. Por un lado, sentí algo parecido a la alegría de pensar que tanto miedo les inspiraba la fuerza del Partido Verde. Por otro lado, deseé que la historia se quebrara y me aferré a la ola verde para pensar que algo de verdad podía cambiar, que había millones de personas que votarían por ese cambio. Pero esta semana, como muchos, he tenido el corazón arrugado por las votaciones del domingo: hubo fraude y hostigamientos, pero también varios millones de colombianos que se sienten identificados por todo lo que representa Santos.

La montaña rusa se mueve con nueva fuerza, con urgencia. ¿Alianzas para la segunda vuelta? Aprecio que la carta del Polo al Partido Verde sea una carta de partido a partido: aquí están en juego miles de electores, el país entero, no el futuro político de Petro y Antanas. Y ante el silencio Verde, que hace bien en tomarse su tiempo, y mi certeza de que un peligro es perder votos de derecha recordé esta frase: “La unión hace la fuerza”.

Es la frase verde por excelencia, la que recuerda que tres ex-alcaldes con ideas y egos diversos pudieron unirse, trabajar juntos, hacer una campaña solidaria y limpia y encontrar mecanismos para llegar a acuerdos. A ellos se unió Fajardo, en un acto humilde en el que puso aspiraciones colectivas de cambio por encima de pequeños triunfos y derrotas personales. Esa unión marcó el despegue de la ola verde, con merecida razón.

Ahora, cuando llegan esas palabras a mi memoria, siento que es momento de seguir uniendo, de ver más allá de las diferencias, sanas diferencias de la democracia. De pensar en el país, de pensar en tantos, tantos, que queremos recuperar la dignidad de este país. Somos más de 3.120.000 votos, estoy segura. Pienso que es hora de no quedarse en las diferencias, sino de sumar a partir de las coincidencias. Es hora de no darle gusto a todo el mundo, pero de intentarlo todo para cambiar el rumbo. La política tradicional no pierde tiempo pensando en diferencias programáticas, se une sin más pensando en estar más cerca del poder. Aprecio que el Polo y el Partido Verde tengan cuidado de no comprometer sus principios. Pero cuento con que esta defensa de la coherencia vaya más allá y defienda la Constitución, las reglas de la democracia, el derecho a que haya fuerzas de oposición no perseguidas. La unión hace la fuerza. Y somos muchos, muy diferentes que necesitamos seguir demostrando que esa frase es más que palabras.

Paula Zuluaga Borrero

Nota: aquí va el link completo del artículo de Semana http://www.semana.com/noticias-elecciones-2010/coalicion-todos-contra-mockus/137620.aspx

y que bueno que no fuera sólo el Polo…

Malos perdedores - Daniel Pacheco

Fue la mención del ya famoso “No todo vale” de Antanas Mockus, durante su discurso después de la primera vuelta presidencial, lo que desencadenó entre el público la consigna “Tu conciencia vale más que un guarito y un tamal”.

Al día siguiente, en entrevista radial, Mockus aclaró que era “alérgico” a esa forma de pensar. “Si a uno no le va bien es porque no hizo lo que debía hacer suficientemente bien, no es porque los otros le hayan hecho trampa”.

Sin embargo, más allá de la postura sensata del candidato (que no tenía mucho más que decir luego de que Santos le sacara 24 puntos), por las redes sociales se reproduce, entre decepcionados de todos los colores, la versión del mal perdedor en varias versiones.

Está  la del radical, como Rebel Arte, quien en su estatus de Facebook dice, en hermoso español: “…El voto Amarrado y la Makinaria son los Grandes Vencedores …La Lechona, las Tejas y el Cementoo ….Mueven Masas!!! ”.

Aunque la idea de que hay un voto amarrado encierra cierta verdad, difícilmente podría decirse que en las pasadas elecciones éste fue determinante. Basta nada más mirar los resultados en Bogotá, la Meca del voto de opinión (si no que lo niegue el mismo Antanas), donde Santos le sacó al candidato verde 13 puntos de diferencia. Después de las pasadas elecciones es claro que no hay lechona pa tanta gente.

Pero es más perturbadora la versión moderada de los malos perdedores. No llama al fraude o a la trampa directa, sino a una deficiencia moral de quienes no votaron como ellos querían. Vladdo la resume bien en un tweet del lunes: “La Ola Verde no era una moda en este país; la moda es la corrupción, la intolerancia, el autoritarismo, las chuzadas, el desempleo…”.

La bajeza en quienes se promueven como los portadores de la ética pública es especialmente molesta. Pero lo peor de esta estirpe de malos perdedores es que ignoran un cierto principio de autosometimiento implícito en la democracia. Cuando uno acepta jugar a que “el que más votos tiene es el legítimo gobernante”, y luego de jugar y perder limpiamente sale a poner en duda la legitimidad de los ganadores, no está actuando como el demócrata que dice ser.

Un demócrata a ultranza diría incluso que si en las elecciones la voluntad de la mayoría está bien representada en el resultado, uno se debería poner feliz sin importar quién es el elegido. En carne y hueso este autosometimiento a la voluntad mayoritaria no es tan sencillo. Pero nadie está diciendo que nos alegremos porque Santos, muy probablemente, será el próximo presidente. Lo único que yo les pediría es que, ya que se va Uribe, dejemos que el antifuribismo se vaya con él.

Daniel Pacheco, columna en El Espectador

Votar - Ricardo Silva Romero

Y un día, cuando ya los habíamos dado por perdidos, los jóvenes se levantaron de sus tumbas. Y gracias a Internet, que les ha devuelto el alma a tantos cuerpos, que a todos nos ha hecho comprender de qué hablan cuando hablan de “democracia”, descubrieron que no son una minoría de inconformes condenados a quejarse de la sangre fría de los políticos, que a nadie puede delegársele la responsabilidad de corregir el mapa de Colombia, y que el destino de este país ajeno, en el que apenas han sobrevivido como si fueran inmigrantes ilegales, en verdad está en sus manos. Este domingo saldrán a votar para abrirle paso a una revolución pacífica que dejará al mundo entero con la boca abierta: reclamarán, como una conciencia colectiva, la patria que les quitaron a los padres de los padres de sus padres.

Continúa en su columna de opinión en El Tiempo

Nuevas viejas elecciones - Antonio Ungar

En lo único en que estoy de acuerdo con los mockusianos es en que mucho está en juego en estas elecciones. Como ha estado siempre, desde que este país está  cayendo a grandes velocidades por un abismo insondable, que es por lo menos desde que tengo uso de razón. Hoy tal vez el abismo pinta más sondable porque ocho años de uribismo nos han dejado listos para que el diablo Santos nos reciba en el fondo del hueco y nos engulla de una vez por todas. Por eso hay que votar por Mockus. En eso estamos de acuerdo, también. En que hay que votar por Mockus. Mis motivos sin embargo son muy distintos a los de aquellos que escriben por estos pagos: yo votaré por el profesor ininteligible para evitar que el Santos me pinche con su tridente de paramilitarismo-clase alta bogotana-cultura mafiosa. Pero no votaré por Mockus porque crea que es el mejor candidato. Respecto a mis inclinaciones electorales no puedo estar más de acuerdo con las sabias Tola y Maruja: a Mockus no le entiendo, pero le creo. Le creo que no va a robar y que va a poner buenos técnicos en puestos claves, y con eso parece bastar esta vez. Pero no le entiendo. Entiendo mucho mejor a Gustavo Petro. Le he oído decir que todo en este país pasa porque más de la mitad de la gente no tiene con qué comer y porque más del 90% de la tierra está en manos de menos del 3% de los terratenientes. Ha dicho también que hay que devolver las tierras y los bienes robados por los poderosos durante el uribismo y que los derechos básicos (salud, educación, agua potable, etc.) no se compran ni se venden. Podría seguir hablando sobre el que sería mi candidato en un país que no estuviera a punto de ser engullido por Satanás, pero el país es Colombia y este es el espacio de los verdes. Votaré por los verdes entonces, en segunda vuelta, a pesar de que día sí y día también su candidato dice que admira a Álvaro Uribe con devoción y a pesar de que se declare más católico que el que deja el cargo y a pesar de que sus políticas económicas traerán más pobreza. Qué remedio queda. Votaré por Mockus. A pesar de que cuando por fin le entiendo una frase no me convence lo que dice, es infinitamente mejor que Juan Manuel Santos y sus demonios de la U.

Antonio Ungar
Escritor

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Otra Colombia es posible - Jorge Iván Cuervo

La última vez que un candidato a la presidencia propuso una revolución ética - en aquella oportunidad contra la influencia del narcotráfico en distintos ámbitos de la vida pública - fue asesinado por el crimen organizado en alianza con sectores del establecimiento político y del Estado.  

Pocas veces las sociedades tienen la oportunidad de corregir el rumbo. Es algo que se presenta una vez cada treinta años. Colombia la tuvo con López Pumarejo en la década del 30 del siglo pasado, y su Revolución en Marcha fue reversada por los sectores más reaccionarios de la sociedad, entre ellos Eduardo Santos. No haber profundizado las reformas sociales que se propusieron entonces, nos condujo a la violencia política, al asesinato de Gaitán y al surgimiento de las guerrillas en los años sesenta. Luego de Galán no se ha vuelto a dar otra oportunidad. 

Escenarios de exclusión social y política combinados con recursos del narcotráfico hicieron posible una Colombia con los más altos índices de violencia en el mundo civilizado, una tragedia con la cual nos acostumbramos a vivir. El gobierno de Uribe puso en la agenda pública la necesidad de tener un Estado fuerte capaz de hacer frente a los fenómenos de violencia como requisito indispensable para hacer viable un país. Ese mensaje, con todos sus bemoles: chuzadas, falsos positivos, deterioro institucional, relajamiento de las costumbres políticas, y demás entuertos, ya hace parte de un aprendizaje social. Pero no basta, se necesita mucho más que soldados en las carreteras. 

Se necesita otra concepción de lo público, un Estado al servicio de los ciudadanos y no de intereses políticos, un Estado que favorezca el crecimiento de la economía y distribuya a través de políticas sociales, donde el servicio público sea entendido como un servicio a la sociedad y no como una oportunidad de enriquecimiento personal.  

Se necesita una revolución ética, una donde no exista justificación alguna para violar los derechos de las personas. Ni siquiera en situaciones de injusticia. Se necesita de una ética de responsabilidad, de ciudadanos concientes de su rol público, pagando impuestos, cumpliendo con sus deberes, contribuyendo con la convivencia, vigilantes ante las autoridades públicas. Una ética donde el ciudadano pueda cumplir sus sueños, desarrollar sus capacidades, reconocer al otro: al negro, al indígena, al homosexual, al discapacitado, al niño, al extranjero, a la mujer, al hombre, como un válido interlocutor. 

A Colombia la está matando la intolerancia, la exclusión social, la desigualdad, y para ser una sociedad más tolerante, más incluyente, más prospera, más igualitaria, se precisa ante todo de una revolución ética, de un cambio en las pautas de convivencia y de relación entre gobernantes y gobernados, sustentada en la confianza  en la solidaridad, y no el miedo. Puede ser que con eso no alcance para hacer una revolución social, pero por algo hay que empezar. El día en que la mayoría se convenza de la necesidad de tener un Estado capaz de regular los conflictos y de promover desarrollo para todos, habremos dado el paso para una sociedad más justa. No es repartiendo subsidios o amenazando con que volverán las Farc o Chávez nos invadirá. Ya no queremos vivir más del discurso del miedo. Ese tuvo su cuarto de hora durante estos ocho años. 

El único candidato capaz de liderar una revolución ética que empiece a sacarnos de la pobreza y de la cultura de la ilegalidad, que todo lo permite y todo lo justifica, es Antanas Mockus. No desperdiciemos esta oportunidad de ser una mejor sociedad.

jorgeivancuervo@hotmail.com

Mockus, el déspota - Daniel Cardoso Llach

En medio del fragor de estos días de verde voces alarmadas de la derecha reaccionaria y de la izquierda ilustrada retratan por igual a Antanas Mockus como un dictador en ciernes, soportado por el fervor mesiánico de un movimiento que, para aquellos más a la izquierda, reproduce el fenómeno electoral que llevó a Álvaro Uribe a la presidencia.

Esta es una postura condescendiente que trivializa un hecho político complejo y cae en la trampa elitista de negarle agencia política a las personas que lo integran –reproduciendo un imaginario colonial que habría que desmantelar. No. No es lo mismo el Uribismo que la campaña verde. No es lo mismo un movimiento que gira en torno al reclamo por la legalidad, la institucionalidad, el trabajo en equipo y el valor de la vida, que un movimiento que encontró su capital político en el fervor militar y en el miedo –hábilmente cultivado- de la amenaza terrorista. Me tienta sugerir que –aparte de elitismo- lo que la inconformidad de estas voces expresa no es una reacción a la campaña verde sino a la realidad (algo trágica, de acuerdo) de la democracia participativa. Los verdes no son, hay que decirlo, la masa informe y acrítica en busca de un caudillo que se insiste en anunciar, sino lo contrario: una masa crítica y -copio a un amigo- una inteligencia colectiva. 

Las descalificaciones de que Mockus es objeto por parte de ambas orillas ideológicas –de la derecha por ser “blando” y “chavista”, y de sectores de la izquierda por ser un halcón y un “déspota”- subrayan su posición de centro y recuerdan la campaña de Obama en Estados Unidos, que viví de cerca, en la que los conservadores lo retrataron incesantemente como alguien incapaz de proteger al país o de llevar a buen término la campaña bélica de Irak. Al mismo tiempo sectores de izquierda, que lo habían imaginado menos al centro del espectro, se sintieron traicionados con su llamado a expandir la guerra en Afghanistán y Pakistán, amén de otras políticas. Casi por libre asociación pongo sobre la mesa verde de este blog el episodio reciente en que nuestra izquierda Colombiana crucificó a Petro, calificándolo de Uribista y derechista, por su apoyo irrestricto a la legitimidad de las instituciones, del ejército e incluso de Uribe. Pero ahora es turno de Mockus, el déspota, de recibir las etiquetas de lado y lado.

Comparaciones aparte, es muy difícil ver en el proyecto cultural verde de refundar tabúes alrededor de la vida y la legalidad los asomos despóticos o furibistas que se le atribuyen, pues no está basado en la coacción armada sino en el entendimiento de la ley como construcción colectiva y como instrumento de convivencia que “vale para todos”. La etiqueta neoliberal, por su parte, que retrata a Mockus como un enemigo de lo público, desconoce que a pesar de haber sido favorable a privatizaciones parciales de entidades públicas, la campaña verde se basa en el fortalecimiento de lo común: más jueces, más impuestos, más controles, más educación. Por si las dudas: no es conservador proponer más impuestos, no es conservador fortalecer el respeto por la ley mediante pedagogía y cultura, y no es conservador el fortalecimiento y expansión de los aparatos judicial y educativo. Las descalificaciones ideológicas esconden esta vez más de lo que revelan.

A pocas semanas del desenlace uno de nuestros retos como verdes es enfrentar con argumentos y debate estas etiquetas para consolidar algo que parece indispensable: la unión de la mayor cantidad posible de votos críticos de otras toldas en torno al proyecto ético que Mockus y Fajardo representan. Sin esto Santos será el presidente de Colombia y las prácticas y estructuras del clientelismo, la corrupción e impunidad que preocupan por igual a verdes, rojos, azules, amarillos y uribistas críticos, quedarán intactas. Es decir: “seguiremos avanzando”.  

Más allá de las consideraciones ideológicas, tan propensas a la abstracción y al pronóstico, me confieso menos dispuesto que otros a transar con las costumbres políticas que mantienen a Colombia en el subdesarrollo por unas credenciales de izquierda o derecha. Lo diré claramente: Para mí no tiene ningún sentido pasar de un clientelismo Uribista a uno liberal, o a otro polista. Necesitamos una nueva forma de entender el problema. La campaña verde, con sus errores y vacilaciones, se convirtió en una opción real de sacudir los cimientos de la clase política tradicional Colombiana, corrupta hasta los tuétanos, y de fortalecer la institucionalidad minada por 8 años de un gobierno de talante autocrático. También, de salir de las trincheras ideológicas y reenfocar el debate público alrededor de ciertos temas fundamentales como la legalidad y la vida, y así transformar desde lo ético el ejercicio de la Colombianidad. Buscando esa transformación votaré por Antanas Mockus en primera y en segunda vuelta. 

Daniel Cardoso Llach

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Antanas Mockus y la educación estética - Doris Sommer

Antes de la elección de Antanas Mockus en 1994 Bogotá era la ciudad más peligrosa en América Latina, si le creíamos al servicio de consultoría del Departamento de Estado de los Estados Unidos que aconsejaba no viajar allí. En los aeropuertos internacionales se encontraban advertencias oficiales que señalaban a Lagos y a Bogotá como lugares demasiado convulsionados para hacer turismo. Debido a esto, los bogotanos mismos no dudaban en apoyar este consejo de mantener distancia frente a la ciudad. Se acordarán que  habían perdido la confianza y, los que pudieron, se fueron de la ciudad para que sus hijos pudieran ir al colegio sin necesidad de ser protegidos por guardaespaldas. La ciudad parecía sumida en un nivel de corrupción que hacía que todo estuviera en contra de ella, porque las soluciones convencionales con dinero o con las armas habrían empeorado en lugar de mitigar la ambición y la violencia. Confundidos durante un tiempo, como lo reconocerán los economistas y los científicos que se declaraban derrotados cuando les preguntaban qué habrían hecho, el nuevo alcalde dio un giro nada convencional hacia el arte como compañero de las políticas públicas, a través de un programa que denominó “cultura ciudadana”, el cual tuvo un efecto transformador para Bogotá y que valdría la pena que se asumiera en una campaña a nivel nacional.

La premisa es que los ciudadanos deben participar ejerciendo una regulación de sí mismos y mutua, y que dependen del gobierno para coordinar proyectos, pero no como único garante de derechos y obligaciones. La noción del ciudadano activo va a compañada de la idea de ser copartícipe en proyectos creativos, como si ser ciudadano significara ser miembro de un colectivo de artistas, lo que se remonta a la educación estética según Schiller como el único cimiento, si bien indirecto, de una república moderna. Esto es así porque los ciudadanos participan en la construcción de un país, a diferencia de los sujetos que se limitan a obedecer en las monarquías o en otros regímenes autoritarios. La tradición del ciudadano como co-creador de la vida social sigue el modelo de Wilhelm von Humboldt de educación en una universidad moderna, así como el consejo de John Dewey para sacar a su país de la Gran Depresión y para que asumiera prácticas democráticas amplias. Después, Jurgen Habermas también ha defendido el postulado de Schiller en relación con el arte como vehículo de la acción comunicativa con imaginación. Habermas plantea que sin el pensamiento contractual que conduce la exploración artística sería imposible apreciar las posiciones políticas que plantean conflicto o imaginar nuevos acuerdos universales.

Mockus asume esta definición de bases amplias y creativas de ciudadanía democrática y la lleva a las calles, los medios, las aulas y el gobierno. Une a los constituyentes en conflicto para formar redes de respeto mutuo y compromiso y los persuade a todos para unir sus códigos morales y legales de comportamiento. Al elegir a Sergio Fajardo como compañero de fórmula y habiendo formado una coalición con Enrique Peñalosa y Lucho Garzón, Mockus ya ha demostrado que los buenos políticos pueden superar las diferencias que debilitan. El ex alcalde de Bogotá y futuro Presidente de Colombia se convierte así en un líder modelo cuyo consejo e inspiración han buscado otras sociedades.  Aplaudo a Colombia por haber reconocido esta valía ejemplar y por convertirse en un faro para otros países que aspiran tener futuros más democráticos.

Doris Sommer
Harvard University

Before Bogotá elected Antanas Mockus in 1994 it was the most dangerous city in Latin America, if you believed the U.S. State Department advisory not to go there. At international airports, official warnings singled out Lagos and Bogotá as places too troubled to traffic in tourism. On this count, Bogotanos themselves didn’t doubt the advice to keep a safe distance from the city. They will remember that many had lost confidence altogether, and those who could afford to emigrate left, so that – for example — children could attend school without being shadowed by personal bodyguards. The city seemed hopelessly mired in a level of corruption that turns almost any investment against itself, because conventional cures of money or more armed enforcement would have aggravated, not mitigated, the greed and the violence. Stumped for a while, like the economists and political scientists who still admit defeat when I ask what they would have done, the new mayor took an unconventional turn towards art as a companion to public policy in a program he called “cultura ciudadana” that had a transformative effect on Bogotá and that should be scaled up to a national campaign.
The premise is that citizens participate in self and mutual regulation; they depend on government to coordinate projects but not to be the only guarantor of rights and obligations. The notion of the active citizen as a co-participant in creative projects, as if citizen meant member of an artist collective, goes back to Friedrich Schiller’s aesthetic education as the only solid, if indirect, grounding for modern republics, because citizens participate in the construction of a country – unlike subjects who merely obey in monarchies or other authoritarian regimes. The tradition citizen as co-creator of social life includes Wilhelm von Humboldt’s design for modern university education and also John Dewey’s advice for getting his country out of the Great Depression and into broad democratic practices. Lately, Jurgen Habermas has also defended Schiller’s brief for art as the vehicle for imaginative communicative action. Without the counter-factual thinking that drives artistic explorations, Habermas observes, it would be impossible to appreciate conflicting political positions or to imagine new universal accords.
Mockus takes this broad based and creative definition of democratic citizenship to the streets, the media, the classroom, and to government. He binds together Colombia’s conflictive constituents into webs of mutual respect and obligation while he persuades all to bind together their cultural, moral, and legal codes of behavior. By choosing Sergio Fajardo as running mate, and having formed a coalition with Enrique Peñalosa and Lucho Garzón, Mockus has already demonstrated that good politics can overcome debilitating differences. The former mayor of Bogotá and the future President of Colombia thereby becomes a model leader whom other societies have sought out for advice and inspiration. I applaud Colombia for recognizing his exemplary worth and for becoming a beacon to other countries that aspire to more democratic futures.

Doris Sommer
Harvard University

Nunca he votado - Pilar Quintana

Hace años vi una tira cómica de Madalfa que se me quedó grabada para siempre. Mafalda, curiosa y política como siempre, consulta la palabra democracia en el diccionario. Democracia (del griego, demos, pueblo, y kratos, autoridad), le informa el diccionario, es el gobierno en que el pueblo ejerce soberanía. En las siguientes tres viñetas Mafalda está destornillada de la risa.

     Nunca he votado por la misma razón que a Mafalda le da risa. En un país donde las campañas políticas son financiadas por los grandes grupos económicos, donde se compran votos, y los favores recibidos y las alianzas se pagan con puestos públicos, la democracia es un chiste.

     Votar por un candidato era votar por un partido, por una maquinaria, por una trampa. Votar no era ejercer el derecho de elegir un gobernante que nos represente, era apoyar un sistema corrupto desde la base. Yo no iba a contribuir con eso.

     Ahora, por primera vez en la historia desde que tengo memoria política, Colombia tiene un candidato que le ha devuelto el sentido a la democracia o, mejor, a lo que debe ser la democracia.  Ese candidato, por supuesto, es Antanas Mockus.

     Sus principios son la transparencia en el manejo de los recursos públicos, el juego limpio, la legalidad y el rechazo de la corrupción. Pero sus planteamientos no se quedan en el ámbito abstracto de las ideas, donde es tan fácil aparecer como honesto. Antanas Mockus es coherente y sus ideas van acompañadas de actos que las confirman.

     Renunció  a miles de millones de pesos, en un hecho sin precedentes, para que el estado se los ahorrara. No ha sellado alianzas oscuras ni dudosas. No ofrece pagar favores con puestos públicos. No compra votos. Él no tiene una maquinaria política ni su programa funciona con conciencias que pueden comprarse. Él no ha tenido que recurrir a la táctica de ensuciar a sus contrincantes para confundir al electorado. Si Antanas Mockus se ha convertido en un fenómeno, si tiene tantos seguidores y si está cerca de convertirse en presidente de Colombia es solo porque todas esas personas creen, de verdad creen, que él podría representarlas.

     Yo soy una de esas personas. Yo le creo a Antanas Mockus. Y por eso, por primera vez en mi vida, voy a votar.

Pilar Quintana
Escritora

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Sabios puntos medios - Pablo Kalmanovitz

“Cerrojo a alianza entre verdes y amarillos en segunda vuelta” –– este fue el titular de El Espectador el pasado 11 de Mayo, en una breve nota acerca de las declaraciones que diera Mockus a Radio Caracol acerca de Petro y sus supuestas simpatías con la violencia. El Espectador no transcribió literalmente las declaraciones, pero el 13 de Mayo el columnista Ernesto Yamhure transcribió los siguientes apartes en el mismo diario: “Para mucha gente,” dijo Mockus, “el Polo sigue significando una posición blanda frente a la guerrilla. Eso es en parte injusto con miembros del Polo, pero allí aún hay fuerzas que no han roto lazos de justificación de la pelea armada.” Y continuó: “no es que Petro esté invitando a que haya más violencia, pero sigue teniendo teorías que, de algún modo, directo o indirecto, justifican la violencia. Me cuesta trabajo aliarme con alguien que va tan en contra de mis pensamientos”. 

Creo que las declaraciones sorprendieron a la mayoría de los Verdes, y desilusionaron a muchos. Aunque con seguridad es una muestra sesgada, la mayoría de mis amistades de Facebook son o Polistas con simpatías Verdes, o Verdes con simpatías Polistas, y creo que todos ellos recibieron las declaraciones con perplejidad, muchos con disgusto. Algunos hablaban de J.J. Rendón, otros de votar en blanco, otros dejaron de hablar. Como a ellos, a mí las declaraciones me sorprendieron y desanimaron.  

Mi percepción general de lo que venía pasando hasta ese punto en la campaña es que, mediante un mensaje incluyente, abarcante, y conciliador, Mockus había logrado conquistar un centro que Uribe había hecho inaccesible. En gran medida, la fuerza del Uribismo ha consistido en polarizar el debate público, enfatizando seguridad y orden, e identificando simpatías de izquierda con guerrilla y Chavismo. Pero tras la decisión de la Corte Constitucional, los Verdes lograron apalancarse mediante un afortunado doble vector de fuerzas: por un lado, los Uribistas moderados, por el otro los izquierdistas de centro, incluyendo a la línea moderada del Polo. Dos de los “tres tenores” personificaban claramente estos perfiles, y Mockus supo apoyarse sólidamente en ellos.  

Vistas a través de este modelo, las declaraciones de Mockus sobre Petro parecían conducir irrevocablemente a un punto desafortunado: roto uno de los vectores, Mockus se precipitaría al otro lado, a una zona donde Santos lo aventajaría y, sobre todo, donde perdería el voto moderado de izquierda. Aún más grave que esto, en mi opinión, fue que las declaraciones desdibujaron el mensaje incluyente y conciliador de los Verdes. Tal vez uno de los puntos emotivamente más bajos de la campaña fue ver a Petro y Mockus cobrando y negando, respectivamente, viejos favores. Adicionalmente, las declaraciones parecían ir en contra de una regla básica de la democracia deliberativa, pues si bien las divisiones internas del Polo han hecho difícil identificar una única voz colectiva, parece claro que la posición anti-violencia de Gaviria prevaleció y es la doctrina oficial del partido. La dañina lógica polarizante del Uribismo hizo una entrada inesperada y, como siempre, dañina en el debate. 

¿Cómo llegamos a ese punto? Entender el punto mismo es más importante que entender los hechos que llevaron a él. Hoy en día es claro que, tras las muchas reacciones, no hay tal cerrojo; los canales para futuras alianzas están abiertos, y su manejo en las semanas previas a la segunda vuelta será decisivo. Pero dado que la campaña se está jugando ante todo en el campo de las ideas, los mensajes, y las percepciones públicas, será clave en las próximas semanas lograr identificar y asegurar clara y nítidamente el centro de varios ejes complejos, entre otros, anti-Chavismo “vs” Chavismo; incentivos al capital “vs” justicia social; seguridad “vs” equidad. Mockus tiene la virtud singular de distinguir y apropiarse creíblemente de los “sabios puntos medios” en estos ejes. El balance, sin embargo, es delicado, y Santos usará todos los medios disponibles para desequilibrarlo. En las próximas semanas, será tarea de todos, de la gran masa crítica Verde, mantener la claridad en la percepción y en los mensajes, y denunciar como espejismos todos los falsos extremos.

Pablo Kalmanovitz

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Voto, sin ningún reparo, por Antanas Mockus - Ricardo Silva Romero

Voto, sin ningún reparo, por Antanas Mockus. Voto, sin ninguna duda, por Antanas Mockus. No existe, para mí, algo parecido a un dilema. Porque todo se reduce, cada vez que lo pienso, a la siguiente pregunta: ¿debo votar a la Presidencia por un líder transparente, valiente e imaginativo que lo único que me promete es cumplir la constitución, rodearse del mejor equipo posible y construir sobre lo construido, o debo votar a la Presidencia por el enésimo candidato inescrupuloso que se pasará los próximos cuatro años devolviéndoles los favores a una manotada de seres oscuros, recuperándoles el dinero invertido en la campaña a los empresarios de siempre y capoteando amenazas de las maquinarias que han sometido al país durante los últimos doscientos años?

Lo decía Daniel Samper Ospina el otro día: “no pienso votar por programas sino por talantes. Creo que esta vez no se trata de votar por programas, sino por alguien que respete la ley, que no sea manzanillo ni politiquero, alguien que no chuce, que no dé embajadas a hijos de políticos, que no cambie apoyos en el congreso por puestos: ese es Mockus. Nunca hemos tenido un Presidente así -y lo digo yo, que tuve un familiar en la presidencia-, y debemos darnos la oportunidad e intentarlo”.

Que no se nos olvide la verdad: que no tenemos por qué resignarnos a que este país sea de ellos; que no tenemos por qué rendirles cuentas a los apellidos; que la campaña del Partido Verde es una empresa austera; que sólo un candidato irresponsable se haría elegir a punta de insultar al Presidente del país que tiene al lado; que lo que sea la campaña será el gobierno; que la lógica “tenemos que elegir un bandido para este país de bandidos” es la prueba de que nuestros gobernantes nos han llenado de baja autoestima; que acá, en Colombia, hay que empezar por comprender que la vida de otro es otra vida, que la educación debe ser un ejército que no deje a nadie atrás, que nadie está por encima ni por debajo de la ley.

Que no nos vuelvan lugares comunes nuestros milagros: Bogotá en verdad renació gracias a las alcaldías de las cabezas del Partido Verde; nuestra esperanza no puede quedarse atrapada en el teléfono roto que han diseñado los reyes de la guerra sucia; Antanas Mockus no es un actor que lanza monólogos aprendidos en los debates de televisión; Antanas Mockus no es un hombre de derecha que pasa por encima de líderes de izquierda ni un hombre de izquierda que cree en revoluciones bolivarianas, sino un hombre que ha hecho lo posible por establecer en Colombia un gobierno de la razón a punta de sensibilidades; Antanas Mockus no es ese candidato efectista que titubea cuando lo acorralan los periodistas, sino un lider responsable que se niega rotundamente a pronunciar una sola palabra en la que no crea: de su boca no van a venir propuestas populistas en la tradición de “construiremos 3 millones de viviendas” o “controlaremos nosotros a la Fiscalía”.

¿De verdad vamos a ver borroso a un hombre que tenemos claro? ¿En serio vamos a dejarnos minar por los trucos publicitarios de las campañas ajenas? ¿Vamos a caer en la trampa que nos han armado para no unirnos alrededor de su nombre? ¿No es reconocer a Dios, al Dios que usted quiera, pronunciar las palabras “la vida es sagrada”? ¿Vamos a perder el tiempo en discusiones que no vienen al caso? ¿Nos preocupa, a última hora, que haya más sentimientos que sensatez en nuestra elección? ¿Podría ser de otra manera? ¿Vamos a perder la oportunidad de sacar del gobierno a los hijos de los hijos de los hombres que nos trajeron hasta acá? 

Yo no. Yo confío plenamente en Mockus. Yo le tengo fe a ese talante. Y me niego a que me quiten mi alegría.

Ricardo Silva Romero
Escritor

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Carta de apoyo a Mockus y a Fajardo de Jesús Martín Barbero

Antanas y Sergio,

Me dirijo a ustedes como ciudadano y amigo para recordarles que es en base a lo mejor de lo que ustedes hicieron como alcaldes que el país joven, decente y democrático quiere que lleguen a la presidencia de Colombia. De ahí que el objetivo de mi carta no sea cantar sus virtudes sino hacer memoria pública de lo que nos sentimos con derecho a esperar de ustedes si llegaran a ser los gobernantes de los colombianos.

Para mucha gente el que un candidato salte de la alcaldía de una ciudad a gobernar el país puede resultar excesivamente arriesgado. Y sin embargo en Colombia y otros paises de Latinoamérica las únicas experiencias de auténtica renovación de la política estan teniendo lugar en el gobierno de las ciudades: desde el “presupuesto participativo” de Porto Alegre y la reconocida “calidad de vida” de Curitiba a la “cultura ciudadana” de Bogotá y la “ciudad educativa” de Medellín. Como si la lejanía que viven los partidos políticos en relación con los mundos de vida de la mayoría sólo pudiera ser superada en ese territorio cada dia más extenso pero que aun conserva algunas relaciones de pertenencia: la ciudad. Ello no significa que podamos prescindir de los partidos sino que el sistema de representación al que ellos responden no posibilita ya que ni las verdaderas demandas de la gente del común ni la riqueza y diversidad de los movimientos sociales y ciudadanos tengan acceso ni cabida en ellos.Y es justamente la existencia de comunicación entre las experiencias cotidianas de construcción de ciudadanía y los nuevos modos de hacer política lo que han hecho posible los gobiernos de Antanas en Bogotá y de Sergio en Medellín.

El lema que compendió el primer goberno de Antanas -formar ciudad-  significó  que lo que da su verdadera forma a una ciudad no son las arquitecturas ni las ingenierias sino los ciudadanos, pero para que ello fuera posible los ciudadanos tenían que poder re-conocerse en la ciudad como algo suyo, y esto implicaba hacer visible la ciudad como un todo, como espacio público y proyecto de todos. Todas las estrategias comunicativas y callejeras condujeron a eso: provocar  tanto a los viajeros como a los de a pie a mirar y ver, o mejor a verse y rebelarse juntos contra la mezcla de inercia, rabia y resentimiento. Ello a su vez fue generando una cultura ciudadana, que es “la capacidad de generar espacio público reconocido”, esto es el aumento tanto de la propia capacidad expresiva como la de escuchar y entender lo que los otros tratan de decirme. En la segunda alcaldía de Antanas la visibilidad de la ciudad se hizo veeduría,  esa palabra con la que los colombianos están sabiendo asociarse no sólo para quejarse y denunciar la corrupción o la ineficacia sino también para proponer, gestionar e innovar.

La “ciudad más educada” como llamó a Medellín el alcalde Sergio Fajardo suena a frase de concurso pero en realidad fue la primera ciudad en la que la cohesión social respondió a una planeación que entralaza la multiplicidad de dimensiones de lo urbano con la interdisplinariedad del conocimiento. Esto quiere decir que la cantidad y calidad de las bibliotecas y los colegios públicos construidos eran la dimensión expresiva de un proyecto de interacción entre demanda social, análisis sistémico y capacidad innovadora de la ciudad en su conjunto.O dicho en palabra del propio Sergio: los edificios son la nueva forma presencia del Estado en su potenciación del talento y la creatividad de la gente para producir transformación social. Y la educación así entendida no es asunto de un ministerio sino el asunto más estrégico de una política de Estado, o sea contemporánea y de largo aliento.

Antanas Mockus y Sergio Fajardo tienen derecho a poder gobernar Colombia desde esa nueva agenda política, y el país se ha ganado el derecho a ser gobernado por quienes tienen la inteligencia y el coraje de soñarlo así de nuevo y de creativo.

Jesús Martin Barbero

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Los jóvenes lúcidos de la ola verde - Por Juan José Botero

Escuché el siguiente comentario: “la “ola verde” es un espejismo creado por jóvenes que no saben nada de política y que están simplemente jugando con las redes sociales de Internet. No quiero ni imaginar el sentimiento colectivo de frustración con el que se irán  a dormir el 30 de mayo los que creen que se trata de algo real cuando los resultados muestren que toda esa muchachada no salió a votar!” Bueno, yo tengo una impresión completamente diferente. La juventud colombiana no está jugando a la política. La juventud colombiana le está prometiendo al país que ella sí hará elegir a Antanas Mockus presidente de Colombia.

A esta juventud le repugna tanto el estado de podredumbre en el que se ha movido nuestra clase política tradicional que había optado, hasta ahora, por simplemente abstenerse de entrar al espacio político y encogerse de hombros ante una realidad que parecía imposible de cambiar. Pero en este proceso electoral del bicentenario está ocurriendo un fenómeno totalmente imprevisto. La juventud colombiana se apropió de la candidatura de Mockus, y hasta de la campaña del Partido Verde, y las ha convertido en un formidable movimiento ciudadano dispuesto a llevar a cabo lo imposible: ganarle las elecciones presidenciales al mastodonte de la maquinaria politiquera que, apoyada y sostenida por poderosos grupos económicos y sustentada en la enorme capacidad de manipulación que le otorga el ser la dueña del poder del Estado en todos sus niveles, pretende perpetuar su dominio sobre el país. Se trata, realmente, de una empresa con ribetes épicos. Pero creo firmemente que ella se podrá realizar. Porque la juventud que ha asumido el protagonismo de este movimiento no se parece en nada a la apática masa de sardinos sin rumbo que los comentaristas oficiales contemplan con sonrisita condescendiente antes de afirmar: “Tranquilos, que esos no votan!”. Si se le hace un seguimiento, aún rápido y somero, a la presencia de estos jóvenes en las redes sociales, en especial en Facebook, queda claro que ellos, espontáneamente y motu propio (“Yo vine porque quise, a mí no me pagaron!”), han encarnado la esperanza de un país político distinto del actual. No se trata, pues, de una modita, ni de un entretenimiento de ocasión. Los innumerables “flash-mobs”, las incontables iniciativas de acción en todas las regiones y ciudades, los videos, canciones y piezas publicitarias que se multiplican como formas espontáneas de acción política, en fin, la masiva y permanente participación en los diversos sitios oficiales o afines a la campaña, todo eso nos muestra que estamos efectivamente ante un movimiento social susceptible de adquirir envergadura histórica. Y este movimiento es obra de y descansa en esa juventud colombiana que los partidos políticos tradicionales y la gran maquinaria electorera siempre han menospreciado porque están convencidos de eso: de que “esos no votan”.

Lo más destacable de lo que está  ocurriendo en esta campaña con la juventud, me parece, es la rápida identificación que ella hizo con lo que percibían los jóvenes que era la característica esencial de la candidatura de Antanas Mockus: la esperanza cierta, tangible, de darle un vuelco, ante todo moral, a la forma como se vive el espacio político en Colombia. Es como si, abrumados por un estado de cosas inamovible y caracterizado por la omnipresencia de la corrupción, la matonería cínica e impune, la indecencia pública de los dirigentes políticos, de pronto se hubieran percatado de que no todo estaba perdido. De que había una posibilidad de salir del fango y rescatar al país del lodazal inmundo en el que se lo mantenía sumergido. Esa posibilidad, esa esperanza, la encontraron en la candidatura del Partido Verde. Lo que ocurrió enseguida fue formidable: antes de que el propio candidato y su “staff” de campaña se dieran cuenta, se había generado espontáneamente un movimiento social que rápidamente absorbió a la campaña y comenzó a dictarle su rumbo. No hay nadie identificable que haya planeado o que dirija este movimiento, por más que haya en él unas personas más activas que otras y que en el seno de la campaña exista (supongo) un grupo encargado de seguirle la pista e irse acomodando a su dinámica. Me atrevo a pensar que lo que está en marcha, entonces, no es una estrategia cuidadosamente diseñada sino la emergencia de un movimiento cuya dinámica es auto-organizativa, no dirigido ni planificado de antemano, protagonizado por los jóvenes de este país y articulado ante todo por sentimientos morales y propósitos éticos. Si esto es así, no es difícil explicar por qué la emergencia espontánea de este movimiento ocurrió precisamente alrededor de la candidatura del partido Verde.

Algunos adultones y adultonas parecen sentirse especialmente agudos cuando creen detectar rasgos de “mesianismo” en lo que está ocurriendo con la “ola verde”. Alguien incluso ha llegado a ridiculizar el hecho de que el candidato sea un maestro y un estudioso de la educación y lo ha presentado como un profesor autoritario repartiendo “palmeta” a diestra y siniestra. Estos comentarios son francamente bochornosos por el desprecio que muestran hacia las capacidades y habilidades de la juventud. Los jóvenes no están en busca de mesías, solamente de alguien en quien puedan confiar plenamente. El escepticismo cerrado frente a la política que habían exhibido hasta ahora muestra que tienen la capacidad suficiente para detectar falsos profetas y han desarrollado un sentido muy afinado para percibir los discursos demagógicos y las posturas oportunistas. Aún más: es precisamente el hecho de identificarse con el profundo sentido ético de la campaña verde lo que los ha llevado a apropiarse de ella y a orientarla hacia el futuro que ellos mismos encarnan. Esto constituye, para mí, la característica más esperanzadora de este movimiento juvenil ciudadano: que él no le pertenece ni al partido, ni a sus dirigentes, ni siquiera al candidato; le pertenece a esa ciudadanía que, movilizada en aquella ola verde que la juventud colombiana he hecho emerger con la fuerza propia de su infinita generosidad, comienza a vislumbrar que el destino bien puede depender de ella misma.

La juventud colombiana ni está  engañada ni ha caído presa de un embobamiento pasajero. Tal como yo veo las cosas, por el contrario, me parece que ella encarna en estos días la lucidez que tanta falta nos ha hecho a los demás durante tantos años de oscuridad. Esta juventud nos está haciendo una promesa que deberá cumplir el próximo 30 de mayo. Yo confío plenamente en que la va a cumplir. Estemos tranquilos, que esos sí votan. 

Juan J. Botero

Profesor universitario

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Dar el salto y confiar - Gerrit Stollbrock

 

¿Qué demonios tiene que ver responder una pregunta tramposa sobre el sueldo de un médico general en 10 segundos con llevar a cabo una “reforma estructural al sistema de salud”? ¿Qué demonios tiene que ver satisfacer los caprichos maniqueos de una periodista frente al glifosato con “impulsar opciones de desarrollo integral para las regiones en las que existen cultivos ilícitos, con el propósito de reducirlos de manera sostenible y eficaz”? ¿Qué demonios tiene que ver el poner a un candidato presidencial a desfilar con respuestas en ese reinado de las suspicacias que son los debates con gobernar un país sobre la base de una propuesta de gobierno que se ha venido construyendo en forma colectiva con el apoyo de un abanico plural de los más sobresalientes expertos del país?

Sí. Cuando Antanas habla en los debates yo también me siento como un bombero que alista su malla para recibir a alguien presto a saltar desde algún piso alto de un edificio en llamas; yo también quiero corroborar que es infalible, quiero confirmar que sus propuestas son inmejorables, quiero un certificado que me garantice que en todo su equipo no hay una sola sombra de sospecha, quiero ratificar que tengo respuestas para cada una de las críticas sobre su supuesto neoliberalismo o sobre sus supuestas simpatías con la revolución bolivariana. 

Pero lo único que me encuentro, por más que le dé vueltas, es un ser humano que, mientras sus adversarios prometen créditos a cero interés para todos los graduandos del país, 400.000 viviendas de interés social o acabar con la injusticia social en 4 años, traza los horizontes con prudencia, porque es incapaz de dar una sola respuesta que implique un compromiso que él no pueda cumplir; un ser humano dispuesto a aceptar que necesita el mejor de los equipos para gobernar porque para cada tema hay personas que saben mucho más que él; un ser humano dispuesto a retractarse cuando unos periodistas lo han empujado a responder una pregunta suspicaz y su rival aprovecha el show mediático para restregarle la respuesta una vez más; un ser humano dispuesto a contenerse cuando sus respuestas pueden poner en riesgo las futuras relaciones con un país vecino, así eso no complazca nuestro delirante patriotismo; un ser humano dispuesto a afirmar que va a hacer que todos paguemos los impuestos que es justo que paguemos  para construir país. Por más que le dé vueltas, sólo me encuentro con eso: un ser humano sin igual, capaz de liderar una transformación que es ante todo moral, capaz de ser el ser el epicentro de este sismo imparable de confianza que se está extendiendo lentamente entre nosotros que estamos tan acostumbrados a sospechar.  

Ahí está él incólume, después de que J.J. Rendón y sus secuaces tuvieron que contentarse con su supuesto “ateísmo” tras llevar a término su tarea, seguramente muy acuciosa, de rastrearle su pasado público y privado para hacerle zancadilla y evitar su imparable ascenso. Ahí está su equipo, liderado por tres ex - alcaldes de talla mundial que han logrado, a pesar de sus orgullos y prejuicios ideológicos, tejer puentes sobre el abismo de la desconfianza y trabajar juntos. Ahí está su propuesta, excepcional pero del todo incompleta, con la invitación a que la discutamos, a que la construyamos en forma conjunta sobre la base del diálogo de argumentos y teniendo como marco principios como la vida es sagrada, la coherencia de fines y medios o la primacía del interés general sobre el particular. Eso es todo lo que hay. 

Dejemos de ser tan suspicaces, es el momento de dar el salto y aceptar su invitación a confiar.

Gerrit Stollbrock, miércoles 19 de mayo, con síndrome post-debate

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Nota: Por una confusión, en algunas páginas de internet y en facebook se le atribuyó la autoría de este texto a Laima, la hija de Mockus. Consideramos necesario aclararlo, entre otras, porque le arrebata parte de su fuerza: el texto apareció por primera vez en este blog y su autor, aunque de apellido raro, no tiene lazos genéticos con Mockus.