Siguiendo la campaña de Antanas Mockus y Sergio Fajardo para la presidencia de Colombia, 2010.
Días en que revisamos los periódicos 8 o 10 veces al día para leer y coleccionar cada noticia, para analizar todos los comentarios; días en que compartimos el video con la última composición o la última visita a las ciudades, o que repetimos los anteriores sin nunca cansarnos; días en que prendimos la W o Caracol a las 6 para escuchar la última declaración y comentarla; días en que no soltamos el facebook para ver qué cosas insólitas nos compartían nuestros anónimos amigos de campaña; días en que escribimos, comentamos o reenviamos mensajes para canalizar este exceso de entusiasmo o de desconcierto; días en que no nos aguatamos las ganas de discutir con la abuela, el taxista o quien cayera en nuestras manos; días en que nos reunimos a ver los debates como si se trata de la final del mundial de fútbol al que nunca clasificamos.
Días que habrán sido por lo pronto nuestra experiencia política más intensa, días en los que nos enviciamos con la utopía y no quisimos soltarla o, tal vez, días que fueron un prefacio al momento en que repentinamente tuvimos que enfrentarnos al aterrador reto de realizarla.
Días de verde.
(La imagen de "enderecemos esta vaina", es de Esteban Ucrós, y el Mockus de fondo es de Diego Contreras)
Catching Elephant is a theme by Andy Taylor
Necesitamos una cultura menos tolerante con las trampas y la ilegalidad para emprender el camino hacia una cultura menos tramposa e ilegal: esa es la paradoja a la que nos enfrentamos en estas elecciones.
Seamos concesivos. Supongamos que en la campaña todo fue “santo”: que en la primera vuelta no hubo nada parecido a oscuras maquinarias, millonaria compras de votos, silenciosa intimidación paramilitar, ni mucho menos fraudes. Supongamos, como dicen algunos analistas, que “triunfó la sensatez”. En ese caso, el principal obstáculo de Mockus habrá sido que esa “sensatez”, la de ese 46% seducido por la colombina de la seguridad democrática, es tristemente cómplice de un gobierno que, mientras tanto: 1) llevó a término la empresa criminal de usar la inteligencia para la persecución política, 2) repartió sin escrúpulo subsidios que iban destinados a fomentar la producción agrícola de campesinos entre familias pudientes y, en algunos casos, entre testaferros de paramilitares, 3) es políticamente responsable de más de 2000 ejecuciones extrajudiciales, 4) tiene a la base un partido con un número alarmante de congresistas relacionados con el paramilitarismo, algunos de ellos en prisión. Y la lista no termina acá.
Suficientes escándalos, definitivamente suficientes: en cualquier otro país habrían generado un rechazo político y moral sin precedentes, suficiente, si no para un tumbar el gobierno, sí en todo caso para una censura tajante hacia cualquier viso mínimo de continuidad en el marco de unas elecciones presidenciales. Pero parece que no es suficiente; este gobierno tiene inmunidad moral total. Ahí tenemos claramente la primera variación de la paradoja: ese 46% de “sensatez” que eligió la continuidad parecería cargar dentro de sí ese exceso de laxitud moral que aprueba formas sutiles y no tan sutiles de ilegalidad, es decir, justamente el mal que aspiramos transformar.
Pero no seamos tan concesivos. Como dice Cecilia Orozco en su última columna, ese 46% no se explica todo, por fortuna, por esa “sensatez”: en él hay mucho de oscuridad. Si echamos mano solamente de lo que poco que se ha hecho público hasta ahora, está claro que la otra campaña es capaz de hacer casi cualquier cosa para ganar: hizo uso del chantaje y el amedrentamiento de los receptores de las políticas sociales de mayor cobertura del país (Familias en Acción, ICBF, Sisben), contrató usuarios fantasma para sesgar los foros en Internet, tranzó una alianza que unifica todo el clientelismo del país aunque eso implique empeñar la gobernabilidad, ha aceptado los desvergonzados avales por parte del presidente, ha hecho pública la contratación de un profesional de la difamación y la introducción sistemática de rumores falsos en el chismerío callejero. Y basta callejear un poco para ver su efectividad. Quien dirige la campaña es el candidato; por eso su mandato no nos presagia para nada un gobierno ejemplar. Tenemos ahí la segunda la variación de la paradoja: un proyecto político que busca impulsar un cambio del país hacia la legalidad sólo puede buscar la presidencia jugando de forma limpia y por esa coherencia fatal podría ser vencido en las urnas por las “picardías” de su contrincante.
Desde cualquiera de las dos variaciones de la paradoja y sus combinaciones podría explicarse la perpetuación de una cultura tolerante con las trampas: muy a pesar de la democracia, la ilegalidad engendra ilegalidad. Pasado el 20 de junio sabremos si seguimos fatídicamente insertos en ese círculo vicioso o si habremos dado un salto cuántico hacia su fase virtuosa, hacia un cambio cultural que es inaplazable. Esperemos que esta vez la sensatez no tenga que ir entre comillas una vez más, que sensatez y esperanza anden de la mano de una buena vez.
Gerrit Stollbrock. Este texto se publicó originalmente en eltiempo.com