Siguiendo la campaña de Antanas Mockus y Sergio Fajardo para la presidencia de Colombia, 2010.

Días en que revisamos los periódicos 8 o 10 veces al día para leer y coleccionar cada noticia, para analizar todos los comentarios; días en que compartimos el video con la última composición o la última visita a las ciudades, o que repetimos los anteriores sin nunca cansarnos; días en que prendimos la W o Caracol a las 6 para escuchar la última declaración y comentarla; días en que no soltamos el facebook para ver qué cosas insólitas nos compartían nuestros anónimos amigos de campaña; días en que escribimos, comentamos o reenviamos mensajes para canalizar este exceso de entusiasmo o de desconcierto; días en que no nos aguatamos las ganas de discutir con la abuela, el taxista o quien cayera en nuestras manos; días en que nos reunimos a ver los debates como si se trata de la final del mundial de fútbol al que nunca clasificamos.

Días que habrán sido por lo pronto nuestra experiencia política más intensa, días en los que nos enviciamos con la utopía y no quisimos soltarla o, tal vez, días que fueron un prefacio al momento en que repentinamente tuvimos que enfrentarnos al aterrador reto de realizarla.

Días de verde.

(La imagen de "enderecemos esta vaina", es de Esteban Ucrós, y el Mockus de fondo es de Diego Contreras)

 

La fragilidad de la confianza - Gerrit Stollbrock

Mientras Antanas hablaba sobre la condición contradictoria de la confianza, sobre su invaluable poder y su infinita fragilidad, las palabras de alguien más se filtraron en mis oídos: me invitaban a constatar que el estuche de mi cámara digital estaba vacío.

Sí, debo confesarlo, estaba confiado; me estaba sintiendo a mis anchas, porque una porción extraña de terreno encementado, la Plaza de Bolívar, se había convertido, por un misterioso acto de transubstanciación, en espacio público; porque, por un milagroso acto de conversión, había descubierto humanidad y esperanza en miles de rostros anónimos.

Pero además hace días me arriesgué a dar ese salto. Lo hice, desde que empecé a constatar que en las marchas verdes aparecía antes de cruzar las calles un ”¡Cruce por la cebra, cruce por la cebra!” como estribillo; desde que una vez transcurrido un debate empezaba a sonar un polifónico debate de interpretaciones en todos los rincones; desde que pude ver al final de las manifestaciones aparecían vecinos con sus escobas o voluntarios que querían recoger hasta la última colilla de cigarrillo; desde que llevar una manilla verde provocaba una sonrisa espontánea de complicidad entre dos ciudadanos desconocidos; desde que miles de diseñadores, músicos y artistas volcaron su creatividad y donaron su tiempo para hacer posible la utopía de los bienes comunes; desde que los comentaristas verdes en internet se regulaban entre sí para no caer en el descontrol en medio de esta marea de emociones; desde que aparecían brotes de verde en las ventanas de todos los edificios y empecé a constatar que, en efecto, en vez de ser un privilegiado habitante de un pequeño oasis en medio de un desierto de bribones (“Colombia es un país de aviones”), vivo en realidad en un tupido bosque; desde que las encuestas ponen en manifiesto que la ola verde ha logrado lo que los científicos sociales sofisticadamente llaman “coordinación de expectativas”: aunque no gritemos tanto, somos más y al fin sabemos los unos de los otros.

La confianza es frágil y esto apenas comienza, pero hay suficientes razones para no sucumbir, porque si a tantos nos pasa que, cuando nos ponemos la camisa verde o un botón con un girasol en la chaqueta, nos sentimos incapaces de pasar el semáforo peatonal cuando está rojo o de saludar a un vendedor del supermercado sin mirarlo primero a los ojos, estos 60 días de verde habrán sido mucho más poderosos que ocho años de Seguridad Democrática; el cambio cultural ya comenzó: ya no seremos los mismos que antes.

Gerrit Stollbrock, 28 de mayo de 2010

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