Siguiendo la campaña de Antanas Mockus y Sergio Fajardo para la presidencia de Colombia, 2010.
Días en que revisamos los periódicos 8 o 10 veces al día para leer y coleccionar cada noticia, para analizar todos los comentarios; días en que compartimos el video con la última composición o la última visita a las ciudades, o que repetimos los anteriores sin nunca cansarnos; días en que prendimos la W o Caracol a las 6 para escuchar la última declaración y comentarla; días en que no soltamos el facebook para ver qué cosas insólitas nos compartían nuestros anónimos amigos de campaña; días en que escribimos, comentamos o reenviamos mensajes para canalizar este exceso de entusiasmo o de desconcierto; días en que no nos aguatamos las ganas de discutir con la abuela, el taxista o quien cayera en nuestras manos; días en que nos reunimos a ver los debates como si se trata de la final del mundial de fútbol al que nunca clasificamos.
Días que habrán sido por lo pronto nuestra experiencia política más intensa, días en los que nos enviciamos con la utopía y no quisimos soltarla o, tal vez, días que fueron un prefacio al momento en que repentinamente tuvimos que enfrentarnos al aterrador reto de realizarla.
Días de verde.
(La imagen de "enderecemos esta vaina", es de Esteban Ucrós, y el Mockus de fondo es de Diego Contreras)
Catching Elephant is a theme by Andy Taylor
La última vez que un candidato a la presidencia propuso una revolución ética - en aquella oportunidad contra la influencia del narcotráfico en distintos ámbitos de la vida pública - fue asesinado por el crimen organizado en alianza con sectores del establecimiento político y del Estado.
Pocas veces las sociedades tienen la oportunidad de corregir el rumbo. Es algo que se presenta una vez cada treinta años. Colombia la tuvo con López Pumarejo en la década del 30 del siglo pasado, y su Revolución en Marcha fue reversada por los sectores más reaccionarios de la sociedad, entre ellos Eduardo Santos. No haber profundizado las reformas sociales que se propusieron entonces, nos condujo a la violencia política, al asesinato de Gaitán y al surgimiento de las guerrillas en los años sesenta. Luego de Galán no se ha vuelto a dar otra oportunidad.
Escenarios de exclusión social y política combinados con recursos del narcotráfico hicieron posible una Colombia con los más altos índices de violencia en el mundo civilizado, una tragedia con la cual nos acostumbramos a vivir. El gobierno de Uribe puso en la agenda pública la necesidad de tener un Estado fuerte capaz de hacer frente a los fenómenos de violencia como requisito indispensable para hacer viable un país. Ese mensaje, con todos sus bemoles: chuzadas, falsos positivos, deterioro institucional, relajamiento de las costumbres políticas, y demás entuertos, ya hace parte de un aprendizaje social. Pero no basta, se necesita mucho más que soldados en las carreteras.
Se necesita otra concepción de lo público, un Estado al servicio de los ciudadanos y no de intereses políticos, un Estado que favorezca el crecimiento de la economía y distribuya a través de políticas sociales, donde el servicio público sea entendido como un servicio a la sociedad y no como una oportunidad de enriquecimiento personal.
Se necesita una revolución ética, una donde no exista justificación alguna para violar los derechos de las personas. Ni siquiera en situaciones de injusticia. Se necesita de una ética de responsabilidad, de ciudadanos concientes de su rol público, pagando impuestos, cumpliendo con sus deberes, contribuyendo con la convivencia, vigilantes ante las autoridades públicas. Una ética donde el ciudadano pueda cumplir sus sueños, desarrollar sus capacidades, reconocer al otro: al negro, al indígena, al homosexual, al discapacitado, al niño, al extranjero, a la mujer, al hombre, como un válido interlocutor.
A Colombia la está matando la intolerancia, la exclusión social, la desigualdad, y para ser una sociedad más tolerante, más incluyente, más prospera, más igualitaria, se precisa ante todo de una revolución ética, de un cambio en las pautas de convivencia y de relación entre gobernantes y gobernados, sustentada en la confianza en la solidaridad, y no el miedo. Puede ser que con eso no alcance para hacer una revolución social, pero por algo hay que empezar. El día en que la mayoría se convenza de la necesidad de tener un Estado capaz de regular los conflictos y de promover desarrollo para todos, habremos dado el paso para una sociedad más justa. No es repartiendo subsidios o amenazando con que volverán las Farc o Chávez nos invadirá. Ya no queremos vivir más del discurso del miedo. Ese tuvo su cuarto de hora durante estos ocho años.
El único candidato capaz de liderar una revolución ética que empiece a sacarnos de la pobreza y de la cultura de la ilegalidad, que todo lo permite y todo lo justifica, es Antanas Mockus. No desperdiciemos esta oportunidad de ser una mejor sociedad.