Siguiendo la campaña de Antanas Mockus y Sergio Fajardo para la presidencia de Colombia, 2010.

Días en que revisamos los periódicos 8 o 10 veces al día para leer y coleccionar cada noticia, para analizar todos los comentarios; días en que compartimos el video con la última composición o la última visita a las ciudades, o que repetimos los anteriores sin nunca cansarnos; días en que prendimos la W o Caracol a las 6 para escuchar la última declaración y comentarla; días en que no soltamos el facebook para ver qué cosas insólitas nos compartían nuestros anónimos amigos de campaña; días en que escribimos, comentamos o reenviamos mensajes para canalizar este exceso de entusiasmo o de desconcierto; días en que no nos aguatamos las ganas de discutir con la abuela, el taxista o quien cayera en nuestras manos; días en que nos reunimos a ver los debates como si se trata de la final del mundial de fútbol al que nunca clasificamos.

Días que habrán sido por lo pronto nuestra experiencia política más intensa, días en los que nos enviciamos con la utopía y no quisimos soltarla o, tal vez, días que fueron un prefacio al momento en que repentinamente tuvimos que enfrentarnos al aterrador reto de realizarla.

Días de verde.

(La imagen de "enderecemos esta vaina", es de Esteban Ucrós, y el Mockus de fondo es de Diego Contreras)

 

Mockus, el déspota - Daniel Cardoso Llach

En medio del fragor de estos días de verde voces alarmadas de la derecha reaccionaria y de la izquierda ilustrada retratan por igual a Antanas Mockus como un dictador en ciernes, soportado por el fervor mesiánico de un movimiento que, para aquellos más a la izquierda, reproduce el fenómeno electoral que llevó a Álvaro Uribe a la presidencia.

Esta es una postura condescendiente que trivializa un hecho político complejo y cae en la trampa elitista de negarle agencia política a las personas que lo integran –reproduciendo un imaginario colonial que habría que desmantelar. No. No es lo mismo el Uribismo que la campaña verde. No es lo mismo un movimiento que gira en torno al reclamo por la legalidad, la institucionalidad, el trabajo en equipo y el valor de la vida, que un movimiento que encontró su capital político en el fervor militar y en el miedo –hábilmente cultivado- de la amenaza terrorista. Me tienta sugerir que –aparte de elitismo- lo que la inconformidad de estas voces expresa no es una reacción a la campaña verde sino a la realidad (algo trágica, de acuerdo) de la democracia participativa. Los verdes no son, hay que decirlo, la masa informe y acrítica en busca de un caudillo que se insiste en anunciar, sino lo contrario: una masa crítica y -copio a un amigo- una inteligencia colectiva. 

Las descalificaciones de que Mockus es objeto por parte de ambas orillas ideológicas –de la derecha por ser “blando” y “chavista”, y de sectores de la izquierda por ser un halcón y un “déspota”- subrayan su posición de centro y recuerdan la campaña de Obama en Estados Unidos, que viví de cerca, en la que los conservadores lo retrataron incesantemente como alguien incapaz de proteger al país o de llevar a buen término la campaña bélica de Irak. Al mismo tiempo sectores de izquierda, que lo habían imaginado menos al centro del espectro, se sintieron traicionados con su llamado a expandir la guerra en Afghanistán y Pakistán, amén de otras políticas. Casi por libre asociación pongo sobre la mesa verde de este blog el episodio reciente en que nuestra izquierda Colombiana crucificó a Petro, calificándolo de Uribista y derechista, por su apoyo irrestricto a la legitimidad de las instituciones, del ejército e incluso de Uribe. Pero ahora es turno de Mockus, el déspota, de recibir las etiquetas de lado y lado.

Comparaciones aparte, es muy difícil ver en el proyecto cultural verde de refundar tabúes alrededor de la vida y la legalidad los asomos despóticos o furibistas que se le atribuyen, pues no está basado en la coacción armada sino en el entendimiento de la ley como construcción colectiva y como instrumento de convivencia que “vale para todos”. La etiqueta neoliberal, por su parte, que retrata a Mockus como un enemigo de lo público, desconoce que a pesar de haber sido favorable a privatizaciones parciales de entidades públicas, la campaña verde se basa en el fortalecimiento de lo común: más jueces, más impuestos, más controles, más educación. Por si las dudas: no es conservador proponer más impuestos, no es conservador fortalecer el respeto por la ley mediante pedagogía y cultura, y no es conservador el fortalecimiento y expansión de los aparatos judicial y educativo. Las descalificaciones ideológicas esconden esta vez más de lo que revelan.

A pocas semanas del desenlace uno de nuestros retos como verdes es enfrentar con argumentos y debate estas etiquetas para consolidar algo que parece indispensable: la unión de la mayor cantidad posible de votos críticos de otras toldas en torno al proyecto ético que Mockus y Fajardo representan. Sin esto Santos será el presidente de Colombia y las prácticas y estructuras del clientelismo, la corrupción e impunidad que preocupan por igual a verdes, rojos, azules, amarillos y uribistas críticos, quedarán intactas. Es decir: “seguiremos avanzando”.  

Más allá de las consideraciones ideológicas, tan propensas a la abstracción y al pronóstico, me confieso menos dispuesto que otros a transar con las costumbres políticas que mantienen a Colombia en el subdesarrollo por unas credenciales de izquierda o derecha. Lo diré claramente: Para mí no tiene ningún sentido pasar de un clientelismo Uribista a uno liberal, o a otro polista. Necesitamos una nueva forma de entender el problema. La campaña verde, con sus errores y vacilaciones, se convirtió en una opción real de sacudir los cimientos de la clase política tradicional Colombiana, corrupta hasta los tuétanos, y de fortalecer la institucionalidad minada por 8 años de un gobierno de talante autocrático. También, de salir de las trincheras ideológicas y reenfocar el debate público alrededor de ciertos temas fundamentales como la legalidad y la vida, y así transformar desde lo ético el ejercicio de la Colombianidad. Buscando esa transformación votaré por Antanas Mockus en primera y en segunda vuelta. 

Daniel Cardoso Llach

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