Siguiendo la campaña de Antanas Mockus y Sergio Fajardo para la presidencia de Colombia, 2010.

Días en que revisamos los periódicos 8 o 10 veces al día para leer y coleccionar cada noticia, para analizar todos los comentarios; días en que compartimos el video con la última composición o la última visita a las ciudades, o que repetimos los anteriores sin nunca cansarnos; días en que prendimos la W o Caracol a las 6 para escuchar la última declaración y comentarla; días en que no soltamos el facebook para ver qué cosas insólitas nos compartían nuestros anónimos amigos de campaña; días en que escribimos, comentamos o reenviamos mensajes para canalizar este exceso de entusiasmo o de desconcierto; días en que no nos aguatamos las ganas de discutir con la abuela, el taxista o quien cayera en nuestras manos; días en que nos reunimos a ver los debates como si se trata de la final del mundial de fútbol al que nunca clasificamos.

Días que habrán sido por lo pronto nuestra experiencia política más intensa, días en los que nos enviciamos con la utopía y no quisimos soltarla o, tal vez, días que fueron un prefacio al momento en que repentinamente tuvimos que enfrentarnos al aterrador reto de realizarla.

Días de verde.

(La imagen de "enderecemos esta vaina", es de Esteban Ucrós, y el Mockus de fondo es de Diego Contreras)

 

Antanas Mockus y la educación estética - Doris Sommer

Antes de la elección de Antanas Mockus en 1994 Bogotá era la ciudad más peligrosa en América Latina, si le creíamos al servicio de consultoría del Departamento de Estado de los Estados Unidos que aconsejaba no viajar allí. En los aeropuertos internacionales se encontraban advertencias oficiales que señalaban a Lagos y a Bogotá como lugares demasiado convulsionados para hacer turismo. Debido a esto, los bogotanos mismos no dudaban en apoyar este consejo de mantener distancia frente a la ciudad. Se acordarán que  habían perdido la confianza y, los que pudieron, se fueron de la ciudad para que sus hijos pudieran ir al colegio sin necesidad de ser protegidos por guardaespaldas. La ciudad parecía sumida en un nivel de corrupción que hacía que todo estuviera en contra de ella, porque las soluciones convencionales con dinero o con las armas habrían empeorado en lugar de mitigar la ambición y la violencia. Confundidos durante un tiempo, como lo reconocerán los economistas y los científicos que se declaraban derrotados cuando les preguntaban qué habrían hecho, el nuevo alcalde dio un giro nada convencional hacia el arte como compañero de las políticas públicas, a través de un programa que denominó “cultura ciudadana”, el cual tuvo un efecto transformador para Bogotá y que valdría la pena que se asumiera en una campaña a nivel nacional.

La premisa es que los ciudadanos deben participar ejerciendo una regulación de sí mismos y mutua, y que dependen del gobierno para coordinar proyectos, pero no como único garante de derechos y obligaciones. La noción del ciudadano activo va a compañada de la idea de ser copartícipe en proyectos creativos, como si ser ciudadano significara ser miembro de un colectivo de artistas, lo que se remonta a la educación estética según Schiller como el único cimiento, si bien indirecto, de una república moderna. Esto es así porque los ciudadanos participan en la construcción de un país, a diferencia de los sujetos que se limitan a obedecer en las monarquías o en otros regímenes autoritarios. La tradición del ciudadano como co-creador de la vida social sigue el modelo de Wilhelm von Humboldt de educación en una universidad moderna, así como el consejo de John Dewey para sacar a su país de la Gran Depresión y para que asumiera prácticas democráticas amplias. Después, Jurgen Habermas también ha defendido el postulado de Schiller en relación con el arte como vehículo de la acción comunicativa con imaginación. Habermas plantea que sin el pensamiento contractual que conduce la exploración artística sería imposible apreciar las posiciones políticas que plantean conflicto o imaginar nuevos acuerdos universales.

Mockus asume esta definición de bases amplias y creativas de ciudadanía democrática y la lleva a las calles, los medios, las aulas y el gobierno. Une a los constituyentes en conflicto para formar redes de respeto mutuo y compromiso y los persuade a todos para unir sus códigos morales y legales de comportamiento. Al elegir a Sergio Fajardo como compañero de fórmula y habiendo formado una coalición con Enrique Peñalosa y Lucho Garzón, Mockus ya ha demostrado que los buenos políticos pueden superar las diferencias que debilitan. El ex alcalde de Bogotá y futuro Presidente de Colombia se convierte así en un líder modelo cuyo consejo e inspiración han buscado otras sociedades.  Aplaudo a Colombia por haber reconocido esta valía ejemplar y por convertirse en un faro para otros países que aspiran tener futuros más democráticos.

Doris Sommer
Harvard University

Before Bogotá elected Antanas Mockus in 1994 it was the most dangerous city in Latin America, if you believed the U.S. State Department advisory not to go there. At international airports, official warnings singled out Lagos and Bogotá as places too troubled to traffic in tourism. On this count, Bogotanos themselves didn’t doubt the advice to keep a safe distance from the city. They will remember that many had lost confidence altogether, and those who could afford to emigrate left, so that – for example — children could attend school without being shadowed by personal bodyguards. The city seemed hopelessly mired in a level of corruption that turns almost any investment against itself, because conventional cures of money or more armed enforcement would have aggravated, not mitigated, the greed and the violence. Stumped for a while, like the economists and political scientists who still admit defeat when I ask what they would have done, the new mayor took an unconventional turn towards art as a companion to public policy in a program he called “cultura ciudadana” that had a transformative effect on Bogotá and that should be scaled up to a national campaign.
The premise is that citizens participate in self and mutual regulation; they depend on government to coordinate projects but not to be the only guarantor of rights and obligations. The notion of the active citizen as a co-participant in creative projects, as if citizen meant member of an artist collective, goes back to Friedrich Schiller’s aesthetic education as the only solid, if indirect, grounding for modern republics, because citizens participate in the construction of a country – unlike subjects who merely obey in monarchies or other authoritarian regimes. The tradition citizen as co-creator of social life includes Wilhelm von Humboldt’s design for modern university education and also John Dewey’s advice for getting his country out of the Great Depression and into broad democratic practices. Lately, Jurgen Habermas has also defended Schiller’s brief for art as the vehicle for imaginative communicative action. Without the counter-factual thinking that drives artistic explorations, Habermas observes, it would be impossible to appreciate conflicting political positions or to imagine new universal accords.
Mockus takes this broad based and creative definition of democratic citizenship to the streets, the media, the classroom, and to government. He binds together Colombia’s conflictive constituents into webs of mutual respect and obligation while he persuades all to bind together their cultural, moral, and legal codes of behavior. By choosing Sergio Fajardo as running mate, and having formed a coalition with Enrique Peñalosa and Lucho Garzón, Mockus has already demonstrated that good politics can overcome debilitating differences. The former mayor of Bogotá and the future President of Colombia thereby becomes a model leader whom other societies have sought out for advice and inspiration. I applaud Colombia for recognizing his exemplary worth and for becoming a beacon to other countries that aspire to more democratic futures.

Doris Sommer
Harvard University