Siguiendo la campaña de Antanas Mockus y Sergio Fajardo para la presidencia de Colombia, 2010.
Días en que revisamos los periódicos 8 o 10 veces al día para leer y coleccionar cada noticia, para analizar todos los comentarios; días en que compartimos el video con la última composición o la última visita a las ciudades, o que repetimos los anteriores sin nunca cansarnos; días en que prendimos la W o Caracol a las 6 para escuchar la última declaración y comentarla; días en que no soltamos el facebook para ver qué cosas insólitas nos compartían nuestros anónimos amigos de campaña; días en que escribimos, comentamos o reenviamos mensajes para canalizar este exceso de entusiasmo o de desconcierto; días en que no nos aguatamos las ganas de discutir con la abuela, el taxista o quien cayera en nuestras manos; días en que nos reunimos a ver los debates como si se trata de la final del mundial de fútbol al que nunca clasificamos.
Días que habrán sido por lo pronto nuestra experiencia política más intensa, días en los que nos enviciamos con la utopía y no quisimos soltarla o, tal vez, días que fueron un prefacio al momento en que repentinamente tuvimos que enfrentarnos al aterrador reto de realizarla.
Días de verde.
(La imagen de "enderecemos esta vaina", es de Esteban Ucrós, y el Mockus de fondo es de Diego Contreras)
Catching Elephant is a theme by Andy Taylor
Escuché el siguiente comentario: “la “ola verde” es un espejismo creado por jóvenes que no saben nada de política y que están simplemente jugando con las redes sociales de Internet. No quiero ni imaginar el sentimiento colectivo de frustración con el que se irán a dormir el 30 de mayo los que creen que se trata de algo real cuando los resultados muestren que toda esa muchachada no salió a votar!” Bueno, yo tengo una impresión completamente diferente. La juventud colombiana no está jugando a la política. La juventud colombiana le está prometiendo al país que ella sí hará elegir a Antanas Mockus presidente de Colombia.
A esta juventud le repugna tanto el estado de podredumbre en el que se ha movido nuestra clase política tradicional que había optado, hasta ahora, por simplemente abstenerse de entrar al espacio político y encogerse de hombros ante una realidad que parecía imposible de cambiar. Pero en este proceso electoral del bicentenario está ocurriendo un fenómeno totalmente imprevisto. La juventud colombiana se apropió de la candidatura de Mockus, y hasta de la campaña del Partido Verde, y las ha convertido en un formidable movimiento ciudadano dispuesto a llevar a cabo lo imposible: ganarle las elecciones presidenciales al mastodonte de la maquinaria politiquera que, apoyada y sostenida por poderosos grupos económicos y sustentada en la enorme capacidad de manipulación que le otorga el ser la dueña del poder del Estado en todos sus niveles, pretende perpetuar su dominio sobre el país. Se trata, realmente, de una empresa con ribetes épicos. Pero creo firmemente que ella se podrá realizar. Porque la juventud que ha asumido el protagonismo de este movimiento no se parece en nada a la apática masa de sardinos sin rumbo que los comentaristas oficiales contemplan con sonrisita condescendiente antes de afirmar: “Tranquilos, que esos no votan!”. Si se le hace un seguimiento, aún rápido y somero, a la presencia de estos jóvenes en las redes sociales, en especial en Facebook, queda claro que ellos, espontáneamente y motu propio (“Yo vine porque quise, a mí no me pagaron!”), han encarnado la esperanza de un país político distinto del actual. No se trata, pues, de una modita, ni de un entretenimiento de ocasión. Los innumerables “flash-mobs”, las incontables iniciativas de acción en todas las regiones y ciudades, los videos, canciones y piezas publicitarias que se multiplican como formas espontáneas de acción política, en fin, la masiva y permanente participación en los diversos sitios oficiales o afines a la campaña, todo eso nos muestra que estamos efectivamente ante un movimiento social susceptible de adquirir envergadura histórica. Y este movimiento es obra de y descansa en esa juventud colombiana que los partidos políticos tradicionales y la gran maquinaria electorera siempre han menospreciado porque están convencidos de eso: de que “esos no votan”.
Lo más destacable de lo que está ocurriendo en esta campaña con la juventud, me parece, es la rápida identificación que ella hizo con lo que percibían los jóvenes que era la característica esencial de la candidatura de Antanas Mockus: la esperanza cierta, tangible, de darle un vuelco, ante todo moral, a la forma como se vive el espacio político en Colombia. Es como si, abrumados por un estado de cosas inamovible y caracterizado por la omnipresencia de la corrupción, la matonería cínica e impune, la indecencia pública de los dirigentes políticos, de pronto se hubieran percatado de que no todo estaba perdido. De que había una posibilidad de salir del fango y rescatar al país del lodazal inmundo en el que se lo mantenía sumergido. Esa posibilidad, esa esperanza, la encontraron en la candidatura del Partido Verde. Lo que ocurrió enseguida fue formidable: antes de que el propio candidato y su “staff” de campaña se dieran cuenta, se había generado espontáneamente un movimiento social que rápidamente absorbió a la campaña y comenzó a dictarle su rumbo. No hay nadie identificable que haya planeado o que dirija este movimiento, por más que haya en él unas personas más activas que otras y que en el seno de la campaña exista (supongo) un grupo encargado de seguirle la pista e irse acomodando a su dinámica. Me atrevo a pensar que lo que está en marcha, entonces, no es una estrategia cuidadosamente diseñada sino la emergencia de un movimiento cuya dinámica es auto-organizativa, no dirigido ni planificado de antemano, protagonizado por los jóvenes de este país y articulado ante todo por sentimientos morales y propósitos éticos. Si esto es así, no es difícil explicar por qué la emergencia espontánea de este movimiento ocurrió precisamente alrededor de la candidatura del partido Verde.
Algunos adultones y adultonas parecen sentirse especialmente agudos cuando creen detectar rasgos de “mesianismo” en lo que está ocurriendo con la “ola verde”. Alguien incluso ha llegado a ridiculizar el hecho de que el candidato sea un maestro y un estudioso de la educación y lo ha presentado como un profesor autoritario repartiendo “palmeta” a diestra y siniestra. Estos comentarios son francamente bochornosos por el desprecio que muestran hacia las capacidades y habilidades de la juventud. Los jóvenes no están en busca de mesías, solamente de alguien en quien puedan confiar plenamente. El escepticismo cerrado frente a la política que habían exhibido hasta ahora muestra que tienen la capacidad suficiente para detectar falsos profetas y han desarrollado un sentido muy afinado para percibir los discursos demagógicos y las posturas oportunistas. Aún más: es precisamente el hecho de identificarse con el profundo sentido ético de la campaña verde lo que los ha llevado a apropiarse de ella y a orientarla hacia el futuro que ellos mismos encarnan. Esto constituye, para mí, la característica más esperanzadora de este movimiento juvenil ciudadano: que él no le pertenece ni al partido, ni a sus dirigentes, ni siquiera al candidato; le pertenece a esa ciudadanía que, movilizada en aquella ola verde que la juventud colombiana he hecho emerger con la fuerza propia de su infinita generosidad, comienza a vislumbrar que el destino bien puede depender de ella misma.
La juventud colombiana ni está engañada ni ha caído presa de un embobamiento pasajero. Tal como yo veo las cosas, por el contrario, me parece que ella encarna en estos días la lucidez que tanta falta nos ha hecho a los demás durante tantos años de oscuridad. Esta juventud nos está haciendo una promesa que deberá cumplir el próximo 30 de mayo. Yo confío plenamente en que la va a cumplir. Estemos tranquilos, que esos sí votan.
Juan J. Botero
Profesor universitario
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